La belleza de lo cotidiano en la obra del fotógrafo Robert Doisneau

El mundo que intentaba mostrar era un mundo en el que yo me sentiría bien, en el que la gente sería amable y en el que encontraría la ternura que deseo recibir. Mis fotos eran como una prueba de que este mundo puede existir”.

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Así describía Robert Doisneau, en 1990, la vida como a él le hubiera gustado que fuera. Doisneau fue uno de los mayores representantes de la fotografía del siglo XX. Un artista mítico que se caracterizó por su estilo insumiso, rebelde, desobediente. Caótico por naturaleza.

La belleza de lo cotidiano” nos da la oportunidad de conocer a este genio de una manera más cercana. Reúne el trabajo de 45 años de creación: desde obras emblemáticas hasta aquellas menos conocidas. Una selección que puede verse hasta el 15 de enero, en calle Mateo Inurria 2, en Madrid.

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Cabe mencionar que, en esta ocasión, Fundación Canal y Atelier Robert Doisneau, organizadores de esta exposición, no han querido seguir ningún orden ni clasificación de los trabajos durante el recorrido por la obra de Doisneau, con la intención de respetar el libre criterio y la espontaneidad que le caracterizaba.

“La belleza de lo cotidiano” es un título que sintetiza acertadamente la manera en la que veía el mundo. Un montón de pequeñas historias ficticias. Situaciones comunes que sus ojos convertían en poesía a través de su lente. Un escape de la realidad hacia un universo de fantasía. Donde todo era amable y cálido.

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Por su carga emocional y por el grueso de su trabajo, destaca la selección que han hecho sus hijas Annette y Francine. Un total de 80 piezas tomadas durante las décadas de los 40 y 50, que plasman significativamente lo que hacían los habitantes de París durante esos años: jóvenes leyendo en un puente, peatones cruzando la calle, niños ansiosos por salir del cole. Situaciones, aparentemente corrientes y sin importancia, en las que él veía algo especial.

Y es aquí donde, para mí, todo cobra sentido: eran tiempos de guerra y posguerra, por lo que no es difícil pensar que el optimismo incansable de Doisneau era una bonita manera de erradicar el ambiente de tristeza y tragedia que estaba presente por aquel entonces. Es como si hubiese querido decirle al mundo que había que disparar, pero no con armas, sino con cámaras. Inmortalizando momentos de paz. De tranquilidad. De felicidad.
Fueron muchas las veces que se me escapó una sonrisa- ¡y alguna carcajada!- al ver la maestría con la que manejaba el humor, a pesar de las circunstancias. Tenía una gran habilidad para hacer divertidas situaciones aburridas. A través de un simple gesto o de un pequeño detalle, sabía dirigir la atención del espectador hacia donde él quería, guiando la mirada hacia aquel punto clave, necesario para entender el contexto de la situación, y por tanto, el discurso de la fotografía. Fue un extraordinario narrador visual.

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Entre todas las fotografías, no podía faltar “El beso”, que retrata a una misteriosa pareja besándose apasionadamente en una calle de París. Sin duda, una de sus obras más famosas y también la más polémica de todas, ya que años más tarde le llevó varias veces a juicio tras descubrirse que no se trataba de una espontánea, sino de un montaje. Su fama hizo que muchos falsos protagonistas hayan querido llevarse un pedazo del pastel.

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La expo termina en cuanto cruzas la puerta, pero el legado de Doisneau permanece en todos lados. Mientras caminaba por las calles de Madrid intenté ver con ese mismo filtro utópico a gente sonriendo, parejas tomándose de la mano, rayos de luz en calles solitarias. Y no tengo duda: es verdad que en lo cotidiano hay belleza. Infinitas oportunidades para abandonar la realidad, aunque sea por un momento. De imaginar mis propias historias felices a partir de situaciones ajenas. Ya lo decía él: “Solo hay que estar atentos de lo que pasa a nuestro alrededor”.

La exposición tiene entrada libre y se puede visitar hasta el 15 de enero, para más información: www.fundacioncanal.com

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Me llamo Sara, alias Suri. Soy diseñadora y me gusta el arte. #ARTivismo

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